
Ayer te vi, estabas sentada en la vieja rueda que pende del árbol del jardín de los Marson. Un neumático raído por los recuerdos, un neumático que me hizo una vez tocar la luna con la punta de los pies, ese día me creí un héroe, salí corriendo calle arriba gritando: ¡Sabéis qué, soy astronauta, he tocado la luna con los pies, he tocado la luna con los pies! Tú me miraste con una sonrisa que no llegó a tus labios, pero yo sabía que sonreías, estabas orgullosa de mí... Yo lo sabía, quizás tú no.
Y ahora estabas acurrucada en el neumático que me hizo soñar. Estabas descalza, quizás también añorabas tocar a la luna, te vi distraída jugueteando con tu pelo, enroscándolo entre tus dedos como solías hacer cuando intentabas rescatar algún pensamiento perdido, que ni tú sabías de dónde procedía... Siempre me pareciste especial, aun cuando no sabía que lo eras.
Y ahora estabas acurrucada en el neumático que me hizo soñar. Estabas descalza, quizás también añorabas tocar a la luna, te vi distraída jugueteando con tu pelo, enroscándolo entre tus dedos como solías hacer cuando intentabas rescatar algún pensamiento perdido, que ni tú sabías de dónde procedía... Siempre me pareciste especial, aun cuando no sabía que lo eras.

Estaba mirándote desde la nueva verja que protegía la antigua casa de los Marson, ahora custodiada por espíritus blancos, en ese momento uno de ellos se acercó a ti y tomándote del brazo te retornó a este mundo, aunque tú nunca perteneciste a él.
Ibas caminando con paso rendido y te volviste por unos segundos, tus ojos me encontraron, te sonreí sin poder redimir mi alegría, era inmensamente feliz por ese momento...
Al percatarte de mi presencia, bajaste la mirada, desplomándola suavemente, y esta vez sí que pude ver con claridad aquella sonrisa... Yo sí la pude ver, quizás el resto no, quizás no existió, pero yo la pude ver.
Conservabas tu perturbadora timidez, aquel dolor dormido y aquella insatisfacción latente en tu mirada.
Nunca pude aceptar tu internamiento.