miércoles, 14 de octubre de 2009

El cuento número Trece


"La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarse o alegrarse. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel. Es una suerte de magia.


[...] ¿Nota un escritor fallecido que alguien está leyendo su libro? ¿Aparece un destello de luz en su oscuridad? ¿Se estremece su espíritu con la caricia ligera de otra mente leyendo su mente? Eso espero. Pues estando muertos deben de sentirse muy solos"

"El silencio no es el entorno natural para las historias- me dijo en una ocasión la señorita Winter- Las historias necesitan palabras. Sin ellas palidecen, enferman y mueren. Y luego te persiguen."
El cuento número Trece


Un escritor vive en su obra, pervive y sobrevive a los siglos,
al olvido, pero...
¿también son eternos sus personajes?
¿podemos mantener vivas a las personas a través de los años,
y hacerlas perdurar más allá de nuestra propia muerte?
Me gustaría que así fuera.

1 comentario:

Lala dijo...

Me gusta la idea de que el escritor (y artista en general), en el otro mundo, sienta de alguna forma que alguien está admirando (o simplemente descubriendo) su obra.

Yo creo que cuando alguien deja una parte de sí en el mundo, nunca muere del todo, porque siempre será revivido a través de su obra. es un poco como magia, sí.

Un saludo