No sé cómo sucedió, ni por qué, por qué permití que formara parte de mi vida. Poco a poco se fue entretejiendo una relación entre nosotros, fue sutil su incursión en mi rutina, tanto que no logro recordar la débil y borrosa línea que nos separaba. Que separaba su mundo del mío.

Ambos nos necesitábamos, nos complementábamos. Necesitaba de mí, de mi tangibilidad, de mi mundo real para vivir, para que su vida tuviera un nexo de unión con la realidad. Y yo necesitaba de él, para evadirme de ella... Una vida a medio camino, que como una lazada une extremos opuestos.
Mi día a día iba a compañado por su voz, por el eco y el susurro de su voz en mi mente, recorriendo rincones inexplorados. Atendiendo a su historia me olvidaba de la mía.
El tiempo iba pasando y su voz seguía tejiendo una vida irreal, que me tenía absorta, que lograba que viajara y abandora mi cuerpo... Lo único que nos quedaba como asidero de la realidad.
Sin embargo, un día se marchó, poco a poco se fue despidiendo, hasta que su voz dejó de escucharse en mi mente...
Sin permitir que el tiempo se tomara un descanso comencé a embarcarme en otra historia, y fue entonces cuando me sorprendí buscándole a él entre las páginas de otro libro que no le pertenecía. Buscaba entre los personajes desconocidos que pretendían formar parte de mi camino su voz, su historia, seguía buscándole a él... A ese personaje que durante un tiempo efímero formó parte de mi vida.
A veces, como cuando terminas un libro, necesitas un tiempo de reflexión,
un tiempo para desvincularte de esos personajes, de cerrar etapas y empezar otras.
Cuando no dejas las heridas cicatrizar,
corres el peligro de que la sangre vuelva a estar presente...
... Corres el peligro de que ese personaje se cuele en la nueva historia
y anule al elenco recién llegado...
... El problema es que existen personajes eternos...