
El hastío iba carcomiendo su espíritu bohemio, la creatividad quedaba amordazada en el fondo de un pasadizo sin salida. No más inspiración, no más recursos, no más magia.
Las musas, adúlteras, se fugaron con otro, más joven, más lleno de vida, más lleno de ilusión... más llenos sus bolsillos y vacío su corazón.
Pero qué podía reprocharles a ellas, si las vendía al primer fulano con una copa de whisky en la mano y mil mentiras escondidas en la manga... Un trago a cambio del deseo una noche de invierno, del calor robado de unos besos amargos.
Consumiéndose como el último hielo de esa copa envenenada, que le enganchaba a la barra de aquel sucio tugurio... El viejo creador de historias moría ahogado, diluyendo lo que fue en una mezcla de alcohol sin grados y vida sin días. De llanto sin lágrimas... de recuerdos olvidados.
Todo comenzó, todo terminó, el día en el que el viejo creador de historias olvidó quién fue. Olvidó su vida. Olvidó su nombre. Olvidó el olvido. Y su vida tornó a blanco, como el virgen papel.